La herencia del desastre: Hiroshima y Nagasaki en la animación japonesa

Cómo el eco de los bombardeos impregnó la producción artística nipona.

Mientras los años 80 en Occidente avanzaban en el marco del recrudecimiento de la Guerra Fría entre Rusia y los Estados Unidos de Reagan, Japón experimentaba uno de sus mayores hitos de crecimiento económico desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Un sostenido proceso de industrialización sirvió de cauce a lo que hoy conocemos como “el milagro económico japonés”. El constante estímulo de importaciones tecnológicas por parte del gobierno imbuyó a la sociedad en un clima de necesaria adaptación, al tiempo que se sucedían las protestas por las condiciones de subordinación que implicó la renovación del Tratado de Mutua Cooperación y Seguridad con Estados Unidos (1960).

Frame de Hajime no Ippo (1989, Jöji Morikawa).

Los picos históricos de producción y consumo que marcan la culminación del milagro en los 80 estuvieron acompañados de una adaptación de la demanda a un nuevo estilo de vida: la gente volvía a estar dispuesta a distraerse, y su ingente gasto asociado propició un crecimiento sin precedentes de la industria del entretenimiento.

Este contexto de bonanza económica y metamorfosis cultural fue el caldo de cultivo para la revolución del mundo de la animación japonesa que estaba por llegar.

EMERSIÓN DE UN ARTE

Uno de los principales hitos en el desarrollo del “anime”, tal como hoy lo conocemos, a nivel global fue la emisión de la película “Akira” en 1988 (de Katsuhiro Ōtomo, también autor del manga homónimo).

Más allá de sus implicaciones técnicas y detalle (entre 12 y 24 ilustraciones por segundo), y del desembolso sin precedentes al que estuvo ligado (cerca de 10 millones de dólares fueron aportados a su producción), la difusión de Akira supuso la agitación de la percepción occidental de la animación como producto de entretenimiento.

Su enérgica explicitación de la violencia y lo grotesco; la temática sexual y una profunda indagación en las escenas de destrucción masiva son algunos de los aspectos que enarbolan el carácter de esta y muchas otras producciones de la “edad de oro del anime”.

Frames de Akira (izquierda, Katsuhiro Otomo) y Aladdín (derecha, Disney), ambas estrenadas en 1992.

LAS CICATRICES DEL BOMBARDEO

Frame de Akira (1992, Katsuhiro Otomo).

Con frecuencia se plantea el resurgimiento de una civilización tras la devastación causada por un acontecimiento fatal (de causa humana o no).

El contexto de estos relatos transpira caos e incertidumbre, nos conecta con la vida en pleno cambio de los personajes. Su intimidad nos es compartida, estimulando la empatía con respecto al enorme coste humano, a corto y largo plazo, de este tipo de catástrofes.

Como corriente paralela al género “cyberpunk” (emergente en las décadas de los 70 y 80), presenta una alta carga de simbología distópica para hacer patente la brecha entre el avance tecnológico y el nivel de vida de la civilización. Producciones como “Ghost In the Shell”, la ya mencionada “Akira” o “Fist of the North Star” coinciden en este planteamiento: la explicitación del caos (edificios en ruinas, iconos y monumentos maltratados, incesante propaganda comercial, etc.) se mezcla con críticas más veladas a la ineficacia del sistema y su ambición (sobrepoblación de escuelas, desconfianza en las fuerzas de seguridad, élites competitivas y corruptas…).

La desalentadora configuración de estas metrópolis atrapa a los personajes bajo la sombra de una catástrofe pasada (o en ciernes). En un entorno en el que la supervivencia más primitiva es prioritaria, se plantea el reconocimiento de la tragedia y la asimilación de sus consecuencias como primer paso del camino hacia la prosperidad.

EL CONTROL DE LA TECNOLOGÍA

Uno de los mechas de Evangelion (1994, Hideaki Anno) tras haber entrado en modo «Berserker».

Aunque la fetichización de la tecnología y, en especial, de su potencial armamentístico es un factor común en las producciones de ciencia ficción occidentales y orientales (concretamente “anime”), existe una importante faceta distintiva en su retrato.

Frente a la reverencia y su planteamiento como salvadora o preventiva de desastres, puede observarse como la idealización de la ficción japonesa incide en el cinismo inherente a la tecnología. Se representa como un medio de supervivencia ante un desastre ya ocurrido del que, incluso, pudo ser causante (Evangelion).

Esta percepción refleja una fascinación por “la máquina” como algo monstruoso, poderoso y difícil de contener, que puede llevar a resultados desastrosos si su uso queda desvirtuado por el vigor y la ceguera de la ambición desmedida.

La línea de distinción entre máquina y humano queda (intencionalmente) difuminada para explorar los efectos deshumanizadores y de desindividualización de la tecnología en sus usuarios.

¿Y AHORA QUÉ?

Hasta este punto, podemos establecer un más que razonable parecido entre las preocupaciones que emanan de esta vertiente de la animación japonesa y las de la sociedad actual con respecto a los efectos y el potencial de la inteligencia artificial.

Sin embargo, lejos de situarnos en la inevitabilidad del discurso alarmista de divulgadores contemporáneos como Yuval Harari (autor de “Sapiens: de animales a dioses” y “Homo Deus”), el argumento de estas ficciones invita a establecer una relación más profunda y madura con la tecnología, componente inevitable de la cultura japonesa desde el periodo de su posguerra y de la civilización actual.

Frame de Steamboy (2004, Katsuhiro Otomo). El fragmento continúa: «No es un secreto de los bien educados que están en sus palacios e iglesias. La ciencia existe como un poder para ser usado en la realidad. ¿De qué sirve si no es para todos?»

Hay lugar para la preocupación, pero la amenaza del reemplazo de la inteligencia humana por parte de las máquinas tendrá que esperar, como poco, a que el Homo sapiens tome consciencia del horizonte al que le conducen sus elecciones.

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