Fabricando mitos: del Cid Campeador a John F. Kennedy

            De acuerdo con el análisis que el historiador José Ramón López de los Mozos realizó del libro “Alvar Fáñez. Trayectoria histórica del defensor del reino de Toledo”, es un hecho la presencia en la actualidad de un velo divinizador en torno a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y el relato de sus hazañas.

            Esta información distorsionada, cuya posterior divulgación da lugar a un saber popular, si no sesgado, adulterado, se cimenta en una serie de elementos histórico-literarios que podemos reconocibles:

            ● Invenciones juglarescas intercaladas en la crónica histórica del reinado de Alfonso VI.

            ● Intereses de una élite encabezada por Alfonso X a la hora de confeccionar la memoria histórica de España, centrándola en la familia real.

            ● Parcialidad en el relato de acontecimientos y periodos históricos, deteriorando la figura de determinadas entidades.

            ● Omisión de sucesos como la participación de Alvar Fáñez en muchas de las empresas a lo largo de cuyo desarrollo se menciona únicamente al Cid como artífice de su éxito.

            Todo ello, concluye López de los Mozos, contribuye al ensombrecimiento de la trayectoria histórica de Alvar Fáñez. Y no es otro el elemento que proyecta esa sombra que el constructo cuasi-divino generado sobre la figura del Cid a través de los mencionados mecanismos.

El Cid Campeador en la batalla de la Alcudia (Xilografía de J. De Méndez)

            Es interesante observar como este proceso de deificación de determinadas personalidades se repite a lo largo del tiempo, con independencia del contexto histórico al que pertenezcan.

            Este es también el caso de John Fitzgerald Kennedy, expresidente de los Estados Unidos. De una forma u otra, la mitificación de la figura de John F. Kennedy como encarnación del progreso y las esperanzas de todo un país forma parte del imaginario colectivo contemporáneo. Su condecoración, previa al inicio de su carrera política, como héroe de guerra, su papel como promotor de la carrera espacial estadounidense hacia la Luna (con el conflicto abierto con la Unión Soviética en ese periodo de la Guerra Fría, cuyo recrudecimiento tiende a obviarse en favor de la grandilocuencia del pretexto del avance humano, científico y tecnológico) o el apoyo a la integración de las personas de raza negra en un contexto social en el que la segregación era patente (pese a su inicial reticencia respecto a la convocatoria por parte de Martin Luther King de la Marcha sobre Washington) son algunos de los principales hitos que, junto a la mezcla de misterio, morbo e inventiva en torno a su muerte, han hecho que, tras tan sólo tres años de liderazgo al frente de los Estados Unidos, John F. Kennedy sea uno de los presidentes más laureados de la historia de este país.

            Hoy sigue siendo un modelo de carisma y capacidad de liderazgo, citado en no pocos discursos de índole política por sus virtudes y hazañas.

John F. Kennedy aclamado por el pueblo estadounidense (Foto: AP).

            Hasta este punto, podemos identificar una serie de paralelismos entre los aspectos ensalzadores de John F. Kennedy y los expuestos anteriormente con respecto al Cid:

            ● Invenciones respecto a las condiciones de su muerte que acrecientan la mitificación de su figura.

            ● Si bien no puede hablarse de intereses de élites sociales respecto al mantenimiento de su iconicidad, las repetidas referencias a su persona por parte de sus sucesores en el cargo (entre otras personalidades) como modelo de liderazgo añaden más robustez a este constructo.

            ● Parcialidad en el relato de acontecimientos históricos, deteriorando la figura de determinadas entidades, como es el caso de su participación en la carrera espacial estadounidense y la confrontación con la URSS.

            ● Omisión de sucesos paralelos al desarrollo de determinados acontecimientos, como la mencionada carrera espacial, o su postura inicial respecto a las vías de integración de las personas de raza negra.

            No es, sin embargo, el artificio en el engrandecimiento de una figura el único paralelismo entre el caso de John F. Kennedy y la tesis de José Ramón López de los Mozos. La aglomeración de estas condiciones, unidos a la disminuida percepción del papel de la mujer en sociedad en aquel contexto histórico, relegaron a Jacqueline Kennedy y su desempeño como primera dama de los Estados Unidos a la sombra de las hazañas su marido.

            López de los Mozos identificó en su análisis la presencia de referencias varias a Alvar Fáñez como simplemente “uno de los capitanes destacados de la mesnada del Cid”, pero no se incluyen mayores reseñas al respecto de su importante papel en acontecimientos como la reconquista de Medina del Campo o el enfrentamiento contra los almorávides en Sagrajas. Fue “sacrificado por los juglares a mayor gloria del Campeador”, apuntó el historiador en su análisis.

Jacqueline Kennedy cargando una silla en la Casa Blanca durante su proyecto de restauración (1961 – Foto: Ed Clark/The LIFE Picture Collection/Getty Images).

            Del mismo modo, es más o menos conocido el papel de Jacqueline Kennedy como una de las precursoras (junto con Eleanor Roosevelt) de la reivindicación del papel de la primera dama en la Casa Blanca. Son, sin embargo, muy reducidas las menciones a su labor como embajadora de los Estados Unidos en el extranjero (fue representante de la Cruz Roja en la visita a las fuerzas militares estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial) o la importante promoción de la cultura y el arte que realizó. Concretamente, y tras fundar el Comité de Bellas Artes de la Casa Blanca (integrado por expertos en conservación del patrimonio y artes decorativas) comandó la restauración de la Casa Blanca en los años 60, rescatando del olvido numerosas obras de arte y mobiliario pertenecientes a presidentes anteriores. Además, participó directamente en el establecimiento del rol de Comisario de la Casa Blanca (con competencias respecto al estudio y la conservación de la colección de arte y mobiliario institucionales) y la formación de la Asociación Histórica de la Casa Blanca (encargada de la publicación y difusión de contenido cultural referido a la colección presidencial).

            Es, por tanto, llamativo comprobar cómo la confección de la memoria colectiva implica, también en la actualidad, el ensalzamiento de figuras con cualidades más o menos artificiales atribuidas por la juglaresca contemporánea: los medios de comunicación.

<<Soy el hombre que acompaña a Jacqueline Kennedy.>>

John F. Kennedy tras su llegada a París en un viaje con su mujer.

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